Te odio.

Te lo he dicho tantas veces. Te he dicho que te odio cuando he querido que me quieras. 

Te odio porque me acuerdo de ti cada que veo mis agujetas desatadas. Y odio más lo seguido que pasa. 

Te odio porque no se dejar de extrañarte. 

Te odio también porque aprendí a quererte sin que me dieras nada, no espero llamadas, ni mensajes ni flores.

Te odio porque sigo buscando el olor de tu perfume en cada persona que pasa y odio que sea una costumbre ancestral que nunca se acaba.

Te odio más cuando te siento susurrar tu vida conmigo, la casa que soñamos, nuestra boda en playa con pocos invitados, un hijo o dos o tres, el primero que lleve por nombre Santiago; recorrer el mundo y vivir siempre a tu lado.

 Te odio porque llevo más días de los que quisiera confesar probando métodos para sacarte de mi pero al mismo tiempo ruego porque no me olvides entre tanta vida que nos arrastra. 

Te odio porque ni aún la distancia pudo hacer que dejara de quererte cerca. 

Te odio más, porque aún cuando nunca pediste que te esperara, mis ojos no leen amor en otra mirada que no sea la tuya.

Te odio porque me he convertido en experta en soñar despierta e imagino mil vidas que te conservan aún, donde vivimos en un mundo normal, queriéndonos todos los días.

Te odio, porque somos, mi cielo, algo que yo anhelo, sueño con verte a los ojos y sentir como esta ternura se muere por decirte te quiero. 


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